El verso nublado

Que algo le diga a mi alma que ha despertado, que frunciendo las sonrisas el verso a muerto esperando la vieja dicha, la dicha de ser feliz sobre el cambio.
¿Y por qué temo tanto al cambio?
La vida me ha girado sobre girasoles algo desteñidos, esperando la lluvia termine de colorear o quizás, de que la nieve quite el poco color que le queda sobre los pétalos agridulces.
He dicho, viviré, pero aquí me encuentro algo muerto, esperando balas sobre las luces que no llegarán, he sido estafado, sin duda
nada de lo que traiga el tiempo ha sido tierno, pomposamente cálido, por ende, solo queda recitar amarres perpendiculares sobre crepúsculos siempre eternos.
Lo dicho, que he dicho por cierto, esta sentado sobre mi cara paliducha, he bajado de peso no porque yo quiera, sido porque me he visto envuelto sobre lagrimas que succionan la valentía de seguir viviendo y ya no alimentan mis tripas inertes
solo alimentan un sentir que ya no me pertenece, he abandonado los cuerpos que alguna vez me pertenecieron
hoy no es mía la dicha, ni las ventanas semi abiertas
ni cada gota de alcohol brotar de mi sangre aparentemente triste
le dije, la angustia no tiene rostro ameno, pero aún así mi sentencia, que ha sido mía durante mucho – o eso creo. – no lleva consigo almohadas de descanso, sino espinas clavadas en la sien como quien fuera un crucificado maldito.
Se carga consigo, más que piedras y costales de frió,
frío tus sonrisas, frío que nada de lo que haga basta para que pueda hacerte levemente feliz, tu sin embargo, eres hermosa, despampanante ante los ojos agitados y he soñado con llevarme a mi pecho para que escuches que algo palpita.
No, no era un robot de Asimov, parecía ser humano aún todo agujereado por la frívola decencia de decir, “no te quiero”
nada es menos querible que yo estando así de muerto pero queriendo ser feliz, quizás solamente contento, o tal ves, simplemente tranquilo, sin sufrir, sin seguir sufriendo.

No, no lo he dicho todo, pareciera que el águila que alguna vez fuiste, hoy ya no tiene alas y ya saltar de los abismos no parece tan seguro, cada vez es más peligroso y me afrento a seguir insistiendo en querer saltar y pretender volar sobre mis brazos cansados.
Nunca tuvo rostro, lo dije antes, nunca tuvo rostro el que pretendía abrazar a cada enfermo de bondad que habita en estos mundos perplejos, nos había robado el alma y quizás el cuerpo, con toda certeza más bien, era lo único que me quedaba.

Ya no podía cargar con sus muertos
ya no podía cargar con mis versos enfermos.
Y ya no pude más.

Prosa extraída de la hoja libre
Estilo: Surrealismo
Moribundo

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